Tres severas y una cuarta casera
Una severa vende ajos, maracuyás, paltas del valle, pacayes, en un paño puesto al suelo, sobre el que, por horas, pone también sus pies descalzos.
En las mañanas no necesita sombrilla; acercándose el medio día, la proteje la llanthuchana de la velera vecina; al empezar la tarde, cayendo el sol de golpe, mueve su venta a un lugarcito libre sobre suelo desparejo, atrás de la esquina, bajo una sombrilla amiga, y después, con el sol que baja su fuerza y pronto a esconderse detrás de la casa de dos pisos a cuya acera se cobija, tuerce la esquina y vuelve al lado de su tocaya Severa.
Al empezar el día, al terminarlo, el bulto de lo que vende, envuelto en el aguayo, no abarca más de una cuarta, y no pesa más de dos quilos.
Uno puede comprar esas frutas o el ajo más baratos, caminando unos pasos en una u otra dirección, pero la dulzura de su cara, el que sus nietos sean gente adulta, su voz potosina, sus ojos grises, la pequeñez del puesto...
Al acabar la tarde, al lado de esta severa, otra del mismo nombre vende a comisión velas, colocadas horizontales y de pie sobre mesita y bancos, de todos los tamaños y colores, para usos distintos, en remplazo de la velera dueña del puesto, la paceña doña Cristina, que a esa hora se retira a su casa para atender a su marido taxista y a sus hijos, uno pequeño, que recién va a la guardería, otro universitario, y el tercero, policía novato.
Durante el día, doña Severa vende plantillas de zapatos, unas esponjas especiales, guantes para lavar ropa y vajilla y, según el clima del día, paraguas e impermeables ultradelgados, de los que llaman ponchillos, todo ello, no más pesado que dos o tres quilos.
Pero al caer la tarde, esta severa pasa a sentarse en la silla plegable de la velera, bajo la sombrilla aún desplegada pero ya innecesaria.
Cabecea por ratos doña Severa ahora velera, cuya edad ronda los setenta, se espabila, se levanta y va a espiar el paulatino irse de las floristas de dando la vuelta a la esquina, que cuando ya se han ido casi todas, a eso de las siete y media, es señal de que ella también tiene que empezar a acomodar las velas dentro de los cajones de manzana, desarmar su mesita de tubos metálicos huecos, colocar todo sobre el carrito vertical de dos ruedas y contratar quien se lo empuje hasta el garaje vecino donde las mercaderías pasan la noche.
Las velas son sólidas y pesadas, hechas de parafina traída de la China; el carrito tiene que ser empujado con cuidado; si se vuelca, las velas, delicadas, golpeándose unas con otras dentro del embalaje, se pueden quebrar, desportillar.
Pasando la calle al frente, desde su tienda enrejada y con toldo breve, la tercera severa, que también está llegando a los setenta años, vende esnaques: refrescos gaseosos fríos, leche en bolsa, papafritas, manís salados y dulces, chocolates y golosinas, y cosas como jabones, papel higiénico y similares; es tienda de barrio, pues.
Doña Severa abre recién a media mañana, a medio día cierra unas horas hasta la tarde, y vuelve a atender hasta pasadas las diez.
Con el televisor siempre encendido y a buen volumen, doña Severa puede tener, por ratos, cola de hasta tres o más compradores, gente de paso, vecinos que se recogen a sus casas, niños mandados por la botella de refresco frío que han logrado como concesión materna.
A esta severa supe comprarle, llegando tarde en la noche, con mis hijos menores semidormidos sobre parrilla y barra de la bicicleta, la leche, las masitas, los snacks con que nos desayunaríamos a la mañana siguiente, cuando los tres vivíamos en un alojamiento cercano, pagando al día... pero qué se van a acordar de eso mis hijos, ahora grandes... mejor ni les pregunto.
A la vera de la tienda de doña Severina, en la acera, bajo la sombra mínima del toldo o, según la hora, ya fuera de ella, tiende su paño una señora de pollera, de más de sesenta años, que sobre él vende paltas de altura, de tamaño mediano, no de las grandes, manzanas pequeñas de aquí de Vinto, y más frutas de temporada.
¿Cómo aguanta en sus caderas, su espalda, sus pulmones, riñones, la mañana, la tarde, el empiezo de la noche, el vacío del mercado?
Siempre pienso que las vendedoras de suelo deben de hacer ejercicios periódicos, apretar unos músculos ahora, soltarlos ya, bien de a poco, torcerse un poquito de este lado, del otro, enrectar el torso, estirar el nacimiento de la espina dorsal, ladearlo, y así.
Y esto, heredado, sin palabras, o con indicaciones mínimas, recibidas cuando imillas, de boca o de manos, de gestos de cuerpo, de sus madres, sus abuelas khateras, rankheras o minoristas, minimistas: no te quedes quieta todo el rato, guaguay, te vas a entumecer, acalambrar, recoge el trasero, endúralo, suéltalo, así, endereza el espinazo, pero no mires a la gente a los ojos, bambolea muy lentamente el tronco, eso, sé humilde, baja la frente, recoge el nacimiento de tus brazos a hombros y sobacos, ya, estira el cuello, rebájalo, no tanto, vas a contar bien la plata, con cuidado, con calma, frunce la frente, no te vas a hacer engañar, tamborilea con los dedos de los pies, endurece los t'usus, palmotea el suelo con tus muslos, pero que no se te oiga...
Pero no lo sé, y no se me ocurriría preguntárselo a ninguna. ¡Cómo pues!