sábado, 25 de abril de 2026

Paseos de antes

Sólo un ciclista paseandero puede entender cuánto deseo largarme en bicicleta, lejos. Desde que soy prostático, hacen seis años, no hago más de los treinta y pico kilómetros diarios de salida de y vuelta adonde vivo.

Antes, cada vez que me daba tiempo, me iba a Parotani: lo hice decenas de veces en unos quince años que fui paseador; desde donde vivía entonces eran unos 33 km de ida, así que algo más de sesenta, ida y vuelta; allá, llegué a tener una casera que cocinaba ricos el pollo, pato, cordero, todos al horno; su patio de tierra, sus mesas y sillas de madera, una planta de tuna al medio, chicha, uno o dos cascos; siempre comí solo ahí, fuera de unos niños pequeños, tímidos;

a Paracaya, o, un poco más allá, hasta Punata, donde hasta tenía una casera sillphanchera, y hubo un tiempo en que me acostumbré a ver ahí, sentado, comiendo el sillphancho, minutos de una telenovela ordinaria, peruana o colombiana, no recuerdo, trasmitida por un canal local; me eran 47 km de ida a Paracaya, 51 o algo más, a Punata; algunas tardes, escapándome del trabajo media hora antes de la salida, subía a uno de los cuartos vacíos del segundo piso de la terminal de buses, a cambiarme ropa adecuada para bici, y salía disparado al Valle Alto, para estar de vuelta en la ciudad poco antes de media noche; el jueves santo del 2004, en la mañana, me largué a Paracaya, dejé la bici encargada a la gente que atendía el surtidor, y subí a pie al Tuti, caminando antes hasta la Normal, en la falda del cerro; mucha gente, sobre todo jóvenes, subían; llegado arriba, me dio sueño (habrá sido por la altura y el cansancio), busqué un lugar apartado, protegido del viento por unas peñas grandotas, y me dormí una media hora; desperté; viendo tanta juventud, algunos en parejas que relajeaban (yo estaba llegando a los cuarenta años), me dio pena de mí y me volví ya (tampoco podía dejar tanto rato sola a la bici, allá abajo); bajando, a media altura, vi unas matas que ardían (algunos tontos las encendieron), y golpeándolas con ramas arrancadas, las ahogué;

a Sacaba, adonde no fui muchas veces; la subida es cabal y bajarla es bueno; en un tiempo que pasé sin bicicleta, un año, me largué varias veces a pie hacia Sacaba, llegando, según la vez, hasta distintos puntos; caminar lejos es también bueno; le hace a uno mirar las cosas -- los cerros, el color de la tierra, la gente, su ropa, los árboles, las plantas, los pájaros -- con más detalle que yendo en bici; en ese tiempo acíclico, también caminé a Valle Hermoso, a Suticollo y por dentro del valle-ciudad; al recuperar mi bicla, me lancé a paseos por zonas y lugares más o menos cercanos donde no había ido, por caminos nuevos;

a Santiváñez Caraza fui unas seis veces; la bajada desde la cumbre hasta el pueblo era demasiado rica; una o dos veces fui a la Pajcha; allí una familia me invitó chicha en la carcasa de una piña; eran sólo veinte kilómetros de ida, pero la subida es dura y el suelo era empedrado -- ahora me dicen que es asfaltado, y ancho, pero no lo conozco;

a Tarata, yendo por Valle Hermoso, o por la Tamborada, unas cuatro veces, no más; el asfaltado de bajada era especial, lleno de pozos, y muy vacío de autos;

y también sabía largarme, solo, sábados o domingos, bien temprano, a una piscina que hay en la calle Antofagasta, subiendo unas doce a quince cuadras de la avenida, en Quillacollo; ahí mismo llevaba domingos a mis hijos menores: piscina, sauna, chicharrón, chicha moderada; un día, con ellos dos y yo, tres, sobre mi bici, se nos pinchó la trasera; buscamos bicicletero durante cuadras y cuadras, hasta hallarlo en una esquina en Colcapirhua, y no nos cobró, porque sólo nos prestó con que hacer el arreglo; semanas luego, ese lugar había sido deshecho para construir depósito gigante de una empresa.

Lo que hoy me hizo recuerdo el pasear es el cielo nublado... y la llovizna en la madrugada. Mi primera salida programada fue a Punata, un domingo, creo que a mediados de año, porque me puse una chamarra ligera, cuyos bolsillos cabedores llené de manĺ con cáscara. Salí bien temprano, amaneciendo: chilcheaba tan pero tan liviano, que al borde de la visera de la gorra le pasaba el dedo para que agua no me goteara al cuello, sólo cada una cuadra. Sólo una vez he vuelto a vivir una llovizna tan delgadita, con gotas no espaciadas pero tampoco demasiado tupidas: fue una noche que pasé al descampado, y prometo que casi no me mojé, que pude dormir bajo rocío, como si estuviera siendo bendecido. Llegué a la plaza del pueblo a eso de las ocho, donde armamos con Ramiro (que se movió en micro) un puesto de entrega de material impreso sobre la guerra del agua, creo. En la plaza hacían campaña unos políticos, de los que me empaché: sus altavoces estridentes, sus chamarras de cuero negro, enchamarradas incluso las mujeres, el montón de movilidades en que llegaron, sus carteles, el olor de sus perfumes; desde entonces, sigo apartándome todo lo que puedo de los políticos.

Una salida no programada fue así: habían bloqueos político-sindicales, no tenía trabajo pendiente, quise ver los puntos de bloqueo, alguien, o el periódico, o la tele, me dijo que la carretera a Quillacollo la habían vuelto avenida de seis carriles, así que fui a ver, llegué a Quilla, pasé de Quilla, de ahí -- todo trancado para los carros pero no para las bicis --, Vinto, Vinto Chico, Hamiraya, Suticollo, y diez kilómetros más allá, Parotani...

Eso fue en octubre del año dos mil, pero ahora veo que entonces ya conocía la avenida Blanco Galindo ensanchada, porque el día de San Juan de ese año había hecho con un grupo de veintitantos un "cicloecoturismo" por el que pagué veinticinco pesos, o cincuenta, no recuerdo, de la plaza Colón hasta Vinto -- íbamos acompañados de ciclistas-guías experimentados, que nos separaban del tráfico; por ratos largos, tomamos la mitad o más del ancho del carril derecho de la avenida --, a Pairumani, a Phaso -- donde dos de nosotros entramos un minuto a una chichería, y donde se quedaron dos o tres con desperfectos, en una bicicletería que ya no hay, al lado este de la plaza --, a Tiquipaya, donde almorzamos, no muy bien, luego, subiendo por la "circunvalación" -- arreglaban uno de los puentes de ingreso al pueblo --, volviendo a bajar a la avenida Ecológica -- recién terminada entonces en su tramo Trojes-Cruce Taquiña --, a la plaza de Cala Cala, donde nos tiramos al pasto que hay delante del templo que hay al lado sur. Así que veo que no sé de dónde sale ese recuerdo de ir a conocer la Blanco Galindo recién hecha. El grupo aquél no podía ser más diverso: habían ciclistas corredores deportivos, una pareja de turistas europeos (que se asombraron de que el sol de nuestro invierno estuviera norteado, y no sureado, como el sol de ellos...), un niño de doce años (muy valiente al pedal), gente del todo impreparada para un paseo de unos cuarenta kilómetros, y gente, como yo, para quien la distancia no era problema (desde hacía años que vuelteaba seguido la laguna Alalay, hasta ocho vueltas = más de 50 km), pero sí el apartarme tanto de mi casa. En cada parada, de diez minutos, anotaba en mi agenda el lugar y la hora aproximada, y me fumaba un pucho... qué tal tonto...

La ida al Valle Alto es la única que hice varias veces en grupo, con mi club, los démons (qué nombrecito... en ese entonces, no pensaba en lo esencial), saliendo domingos a las siete del arco del cero (alguna vez, llegué antes para darme un api con buñuelos en el mercado que hay ahí). Uno de esos domingos, grande el grupo, uno, jobato (ahora, yo debo ser más viejo que lo que él era entonces) insistió en agarrarme y enseñarme a conservar la línea recta, cosa que no sé si me hacía falta saber; me zafé de él pronto. Llegando, unas cuadras antes de Paracaya, a la casa del huésped, almorzamos -- no miento -- miel de abeja, harta, con papa y choclo hervidos, calientes, cordero cocido y tostado, k'allu, ají abundante, en platos de barro, y chicha, en tutumas; éramos unos veinte, tremendo garaku. Otro domingo fuimos al valle alto mi chica y yo, en dos bicis; llegamos sólo hasta Tolata; almorzamos en Carcaje, al lado de una iglesia, en una quermés, entre medio de harta gente. Paramos a la ida, a sacar tunas de la ladera de un cerro. Vueltos a la ciudad, mientras yo iba a devolver la bici que ella usó, se puso a lavar nuestra ropa... las cosas que se les entran a la cabeza a veces a las mujeres. También fui mucho solo hasta la Angostura, a leer de madrugada al costado de la laguna, rodeado de cactus grandes.

He paseado un montón, con hijos, solo, y con otra gente, por Montecillo, que es arriba de Tiquipaya; por Sirpita, Rumimayu, Linde, Villa Esperanza, Khanarrancho, que es abajo y a un costado; por Yanpartikuy, Apote, Collpapampa, Totorkawa, Callajchullpa, Brunumoqo, que es al otro lado; en cambio, a Chilimarca he ido pocas veces, dos de ellas, a pie.

La ida a Montecillo, en domingos, a reuniones de padres en la escuela de mis hijos, la hacíamos, yo solo en bici, y mi mujer con ellos, en colectivo. Allá, luego de los relatos y el trabajo colectivo, almorzábamos sardinas en lata, con papa hervida y tomate con cebolla. Alguna vez, un poco de chicha, para volver entonado. Cuando las wawas fueron creciendo, me empezaron a acompañar en sus bemequis. Siempre alargaba un poco el camino, subiendo hasta la llamada circunvalación.

Y ya dije que cada vez que podía me soltaba a la laguna Alalay, vueltas alrededor, subía al Solterito y seguía por sobre el canal de riego con agua de la Angostura, hasta Cala Cala, y de vuelta a casa en Las Cuadras. Todo para estar solo. Y para ir en bici, lejos.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio