Lugar de donde traigo el pan
Al lugar donde voy una vez por semana a comprar pan -- son diez panes más uno o talvez dos de yapa por siete pesos -- se llega, luego de unas cuadras de camino sobre tierra en medio de la noche que acaba, la madrugada que se ensancha, atravesando por camino trillado, camino angosto, sólo para pies, un bosquecillo de eucaliptos. Ese trecho por entre los árboles tiene a los costados basura plástica de que la gente se deshace en el sitio no vigilado. Ya en la panadería, donde varias personas esperan su pan: carros estacionados en el zaguán de entrada -- pueden haberlos también afuera -- un montón de canastas paneras chatas y grandes, una sobre otra, y otra más, garrafas de gas apiladas contra la pared del fondo de un cuarto trasero con la puerta abierta, y en otro cuarto también al fondo, hartas bolsas quintaleras de harina de trigo asentadas sobre pálets de madera. El silencio domina a los compradores que buscamos pan. Una mujer sentada en un taburete, con la cabeza gacha, los flecos de su manta llegan al suelo, las manos enlazadas, de las que cuelga una bolsa de compra. Un hombre mayor apoya la espalda y un pie a la pared, y su rodilla sobresale, mueve los labios sin hacer ruido. Otra mujer alisa los pliegues de las dos, tres bolsas de yute que llenará con el pan que va a llevar para vender, sus manos se mueven con completa agilidad silente, y veo que no mira lo que hace, tiene los ojos cerrados, y su cara da hacia mí, sin dirigirse a mí sino al aire del ambiente este, lleno de nuestra espera confiada en las manos de la panadera de pollera paceña larga que a cada uno de nosotros callados congregados nos va a medir nuestro pan y nos lo va a entregar para que, llegados a nuestras casas, nos lo comamos, o llegando a la tienda sea vendido a quien en la mañana se desayunará con él. Nadie se mira a la cara. La luz de tubos fluorescentes alcanza para hacer las transacciones de dinero por panes, y daría para repasar figuras, ropas, posturas. Pero el único que por un momento hace este reconocimiento soy yo, y lo hago sólo para luego escribir esto. Estamos mayormente quietos, callados y sin mirarnos. Esperamos. Respiramos sin hacer ruido. Si acaso, uno repasa la cama de panes tortilla en la mesa de madera de atrás, el cerro de marraquetas que sube de los bordes de la canasta honda que está cerca de mí, los panes tocos que emiten un leve vapor en otra canasta, más allá. Comulgamos en silencio la espera del pan.
Desayuné. Pude quedarme en dos panes, digo, rechacé mi impulso de comer un tercero.

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