jueves, 27 de febrero de 2025

Fuera bicho de mi zapato

Retiro de dentro de mi zapato uno de esos bichos propios de lo húmedo, esos que cuando uno los toca se cierran en sí, volviéndose una pelotita. Son de color plomo y tienen muchas patas cortitas, blancas. ¿Cuál era su idea? ¿Acompañarme en mi viaje en bici a la ciudad? Pero dentro de mi zapato no hay campo más que para mi pie... y a veces hasta mi pie, sudando, hinchándose por tanto paso y trote y pise y corre... pedalee, colma y rebalsa al zapato, lo ensancha.

miércoles, 26 de febrero de 2025

Camino nuevo

Hoy hice dos cuadras por un camino diferente para acercarme de frente a un perro que, sabiendo él que me tiene miedo, no deja de perseguime, y al mismo tiempo, para pasar algo lejos de otro perro que parece estar descubriendo que no me teme.

Distancia ciclista

Lo que de la boca de un ciclista son una o dos cuadras, los demás dicen que son tres o cuatro.

lunes, 24 de febrero de 2025

El maestro Víctor

El maestro Víctor (o Martín, como hasta hoy creí que se llamaba) se fue en bici a almorzar, dejando a otro setentón como él al cuidado de su taller de bicicletas. Mientras no está, el maestro nos presta, gratis, sus herramientas a dos ciclistas para que arregle cada cual su bici.

Las gomas de mi bici se mojaron en los charcos de la calle Santa Cruz del centro-norte de Quilla, y la cubierta trasera burbujea en varios puntos, me muestra el otro ciclista cliente de don Víctor. Al parchar, son dos fugas, y un solo pedazo de alambre que retiro de la cubierta vieja que reemplazaré por una nueva. El otro ciclista corta con una sierra un perno de sus frenos, pero, al no hallar un perno igual entre las existencias del taller, no logra arreglarlos. Llega de vuelta el maestro, y me hace el favor de colocar de nuevo en las pinzas de su horquilla la rueda trasera de mi bici.

lunes, 10 de febrero de 2025

La carcoma

Con las lluvias de las últimas semanas, todas suaves, pero constantes — fueron pocos los días secos del todo — pasaron tres cosas. Los trechos de suelo de tierra con piedra suelta se fueron llenando de barro, que fue igualando, nivelando las superficies. Al contrario, en los tramos empedrados o solados, desapareció el relleno de tierra y gravilla, se fue escurriendo más allá de los bordes, fuera de la vía, que quedó desigual; por ella la bicicleta se enlenta al pisar sólo las piedras desnudas sin polvo intersticial. Y en el pueblo de Quillacollo, las calles, producto del agua encharcada que roe el asfalto, tienen huecos nuevos, un montón de huecos, grandes y hondos (el pavimento de cemento resiste más que el asfalto el peso y la horadación del agua). (Es tarea del ciclista recordar dónde queda cada agujero, para eludirlo: memorizar el camino y sus detalles. Andando de noche, las vías están todas iluminadas, pero en algunas avenidas, hay dondes los árboles ensombrecen el camino.) Temo que la crisis económica postergue el arreglo de esas calles.

martes, 4 de febrero de 2025

Depredación

Subía hoy temprano en la mañana a comprar carne, y a mi lado, a dos metros, apegada al muro de una casa, una niña de hasta 7 años, uniformada de azul (yendo a su segundo día de escuela en este año), tratabilló por rozar la suela de su lustrado zapato negro con una piedra cuya altura mi presencia levemente amenazadora en bici, le impidió estimar correctamente.

Es lo que desde hace tres o cuatro años empieza a pasarme y me pasa seguido: la cercanía, a un costado, o desde atrás, de un auto rugiente, aproximante, me desconcierta y no logro calcular una distancia o no percibo un hueco o una piedra en el terreno, y mi maniobrar se entorpece. No digo que antes esto no me pasara; simplemente, que nunca como ahora me di cuenta de que me pasara. También les pasa a los que manejan carros que su atención desviada por el tráfico no les da para ver una diferencia en el camino, y dan un salto, o peor.

Cuánto disminuye, inclusive el tamaño de ese carro, que hace un rato me parecía insuperable, y hasta caro, cuando, una vez allá él, ya no creciente sino yéndose, ya no peligroso sino un poco o del todo en el pasado, puedo descartarlo, desocuparme de él. Temía un SUV pero había sido un trufi; esperaba un auto privado de lujo y resultó ser un taxi destartalado. Efecto doppler.

Es fuerte para peatones o ciclistas la amenaza de los carros a motor, o por mejor decir, de los hombres y mujeres encarrados, los motoristas. Su aproximación trae a la memoria atemorizada el acercamiento de tantos otros cuerpos mayores, rugientes: fieras depredadoras (como dijo Mighk Wilson) en el monte, o, en la selva urbana, SUVs embalados o hasta un tipo en un carro pequeño, pero torpe, desavisado o hasta desconsiderado. Hace veinte años, una corresponsal desde la Argentina me dijo que a ella ciclista, los motoristas se le aparecían como el proyecto o ya la realidad de otra especie: hombres y mujeres dotados de un recurso que los blinda ante el exterior y que los vuelve peligrosos, dañinos para los demás viantes. Es como salir a cazar al bosque munido de perros de presa.

[Así como bicicletear una deuda es prolongarla sin saldarla, refinanciarla para ventaja del deudor, hacerla durar, israelear tiene dos sentidos: 1, robar mientras se dice a gritos que la cosa robada es del ladrón y no de su dueño legítimo; y 2, dotarse uno de recursos mecánicos que le dan ventaja material decisiva ante enemigos potenciales y efectivos, al tiempo que se tiene la protección del bully o abusador mayor de la cuadra, con lo que uno puede ponerse a la ofensiva sin parar, pues no hay por qué temer consecuencias. Hace medio siglo que las academias militares, especialmente las del Norte global, se enamoran del israelismo militar: agresión sin fin, parapetada en superioridad material, con lo que se entiende la práctica israelí y estadounidense de etiquetar como "terroristas", o sea, eliminables sin negociación, a los enemigos menores.]

Bajando a comprar harina, aceite y a dejar encargado un litro de leche que recogeré a las nueve (hora para la que faltan quince monitos)... Porque vivo en la falda de la cordillera: desde la placita del pueblo, para ir a cualquier lado (menos a uno) hay que bajar... Digo que yo bajaba y en sentido contrario, subía otro ciclista: flaco, pequeño, tímido ciclista. Así, como lo vi a ese hombre al pedal, apoyado en su manillar, esforzado, empinando en morro la asentadera, de repente sudando, me debo de sentir yo en las cuestas: menor, flaco de muslos, agudo de rodillas, triste de canillas, esmirriado de hombros, desinflado el pecho, sin acertar a la medida necesaria para esa tarea: trepar la altura.