Subía hoy temprano en la mañana a comprar carne, y a mi lado, a dos metros, apegada al muro de una casa, una niña de hasta 7 años, uniformada de azul (yendo a su segundo día de escuela en este año), tratabilló por rozar la suela de su lustrado zapato negro con una piedra cuya altura mi presencia levemente amenazadora en bici, le impidió estimar correctamente.
Es lo que desde hace tres o cuatro años empieza a pasarme y me pasa seguido: la cercanía, a un costado, o desde atrás, de un auto rugiente, aproximante, me desconcierta y no logro calcular una distancia o no percibo un hueco o una piedra en el terreno, y mi maniobrar se entorpece. No digo que antes esto no me pasara; simplemente, que nunca como ahora me di cuenta de que me pasara. También les pasa a los que manejan carros que su atención desviada por el tráfico no les da para ver una diferencia en el camino, y dan un salto, o peor.
Cuánto disminuye, inclusive el tamaño de ese carro, que hace un rato me parecía insuperable, y hasta caro, cuando, una vez allá él, ya no creciente sino yéndose, ya no peligroso sino un poco o del todo en el pasado, puedo descartarlo, desocuparme de él. Temía un SUV pero había sido un trufi; esperaba un auto privado de lujo y resultó ser un taxi destartalado. Efecto doppler.
Es fuerte para peatones o ciclistas la amenaza de los carros a motor, o por mejor decir, de los hombres y mujeres encarrados, los motoristas. Su aproximación trae a la memoria atemorizada el acercamiento de tantos otros cuerpos mayores, rugientes: fieras depredadoras (como dijo Mighk Wilson) en el monte, o, en la selva urbana, SUVs embalados o hasta un tipo en un carro pequeño, pero torpe, desavisado o hasta desconsiderado. Hace veinte años, una corresponsal desde la Argentina me dijo que a ella ciclista, los motoristas se le aparecían como el proyecto o ya la realidad de otra especie: hombres y mujeres dotados de un recurso que los blinda ante el exterior y que los vuelve peligrosos, dañinos para los demás viantes. Es como salir a cazar al bosque munido de perros de presa.
[Así como bicicletear una deuda es prolongarla sin saldarla, refinanciarla para ventaja del deudor, hacerla durar, israelear tiene dos sentidos: 1, robar mientras se dice a gritos que la cosa robada es del ladrón y no de su dueño legítimo; y 2, dotarse uno de recursos mecánicos que le dan ventaja material decisiva ante enemigos potenciales y efectivos, al tiempo que se tiene la protección del bully o abusador mayor de la cuadra, con lo que uno puede ponerse a la ofensiva sin parar, pues no hay por qué temer consecuencias. Hace medio siglo que las academias militares, especialmente las del Norte global, se enamoran del israelismo militar: agresión sin fin, parapetada en superioridad material, con lo que se entiende la práctica israelí y estadounidense de etiquetar como "terroristas", o sea, eliminables sin negociación, a los enemigos menores.]
Bajando a comprar harina, aceite y a dejar encargado un litro de leche que recogeré a las nueve (hora para la que faltan quince monitos)... Porque vivo en la falda de la cordillera: desde la placita del pueblo, para ir a cualquier lado (menos a uno) hay que bajar... Digo que yo bajaba y en sentido contrario, subía otro ciclista: flaco, pequeño, tímido ciclista. Así, como lo vi a ese hombre al pedal, apoyado en su manillar, esforzado, empinando en morro la asentadera, de repente sudando, me debo de sentir yo en las cuestas: menor, flaco de muslos, agudo de rodillas, triste de canillas, esmirriado de hombros, desinflado el pecho, sin acertar a la medida necesaria para esa tarea: trepar la altura.