Algo de estrellas en el cielo
A la cuadra le queda una sola de las dos luminarias que tenía meses atrás y su luz lejana es amarilla, por lo que estorba poco. Las luces restantes salen de dentro de la granja del frente, y a esta hora, tres y media de la noche, son pocas, vienen de lejos y son contenidas en parte por la barda de adobe y los molles delante de ella, que no quitan mucho a la parte de cielo que tengo. El cielo tiene una sobra de nubes. No son espesas algunas de las nubes. Sí lo son otras, en regiones más altas y del norte. Busco estrellas. De entrada, no las hay. Concentro apenas la mirada un cuarto de segundo en un hueco menos denso de blanco opaco y casi vislumbro una, que no logro fijar. Sé que si la persigo, intensificando mi mirar y perseverando en el punto, la perderé del todo, así que paso a ocuparme de la siguiente región a propósito para mostrar estrellas, que no es contigua pero sí cercana a la que rindió un ensombrecido punto de quizás luz. Aquí pasa lo mismo, que entreveo, en un octavo de segundo, no una sino más potencias, a las que, para no ver diluirse, dejo en su lugar, y paso a otra parte algo menos nubosa, donde, por una fracción de instante, hasta creo reconocer una configuración de esas cosas que busco. Pero, como antes, para no perder lo poco que hay, que habrá, lo dejo ahí. No presiono y tengo lo mío, un cuadro un poco, solo un poco más que borroso de algo detrás del tul de blanco que se difumina -- gasa que hace horas, siendo algo más densa, dió un chilche que, sienten mis pies en chinelas, mojó el suelo pero que no se sostuvo mucho -- algo que es lo que quiero: estrellas en el cielo.
Tres horas después, vuelto de lavarme la boca pero antes de mojarme la piel del cuerpo. La bóveda del cielo está despejada. ¡Es domingo, en un rato voy a ir a la misa! Nubes grises al norte. Nubes blancosas al oriente. Nubes que brillan al extremo oriente, por donde apunta el sol.
Vuelto de unas breves compras. Al ir de bajada por una senda estrecha, por primera vez en mi vida, mordí el barro. Y ahorita retiré del pelo de mi nuca unos colgajos de... barro. Qué habrá dicho la gente que me los vio. Pero es que ante las tenderas me presenté de cara, no les mostré mi posterior... a no ser al irme... Caí así: bajada leve, camino mínimo al costado de una acequia; el vecino que para cuidar el pequeño parche de cultivo -- hoy, con la tierra removida, sin sembrar aún, aireada, esponjosa -- que tiene ante la puerta de su casa, alinea dos troncos secos, delgados -- son años que los pone ahí. Siento que voy a caer: caigo. Sentí el sabor de la tierra. Tenía ya azúcar dentro de la bolsa de compras, así que debo de haberla protegido al abalanzarme sobre la faz del planeta, y por eso, pues, probé su gusto.
Cuánta gente mayor por los caminos que van dejando de ser rurales, a media mañana. Abiertas sus rodillas, así es como andan, tanto los hombres como las mujeres, y lento. A un viejo que pisaba con bastón una huella del camino le dije desde atrás bajando mi velo buenos días para lograr, talvez por azar y no por mi saludo, que se quede en esa huella y me deje pasar a su lado, por la otra.
Mucho plástico al borde del camino. Cuántas construcciones nuevas. Esto avanza hacia ir siendo los barrios de una ciudad, ya no campo. En el extremo a que me llevaron mis compras, en la sala exterior de una casa, alzada la cortina de metal y puestos a ambos lados letreros grandes y parlantes altos, había una iglesia protestante, eléctrica, ruidosa. Qué desubicados son, qué desadaptados. Pero en estos lugares todavía hay agua que corre por los costados, en herbosas zanjas cavadas a la tierra, agua lenta nomás, que baja de los cerros, por aquí que es la falda de la cordillera, hacia las honduras inclinadas, las cañadas, tajos, y al final, los llanos, al otro lado del país, y de ahí, al mar. Las aguas, con el sol inclinado de esta hora, donde él les llega, brillan.