Laura:
La luna, una luna delgada en forma de cuerno doble, señala al nacer detrás de las hojas de los árboles -- que, con la luz de las estrellas en este cielo despejado de mitad de la noche, a las tres de la madrugada, una hora antes del piar de los primeros pájaros, son una cortina menos que oscura -- indica la luna naciente el lugar donde, allá lejos, en la ciudad, está la laguna Alalay. Camino de costado dos pasos para eludir la copa del molle que tengo al frente y verla sin tapas. Pero allí, donde antes estaba la luna, ¡una luciérnaga, delante del follaje! Una sola, de color azul-verde, a unos treinta metros de mí. Por el trayecto que seguía en el primer brillo que le vi, calculo dónde la veré ahora, y me equivoco un tanto: cambia de dirección. Brilla muy fuerte en este aire limpio. Y ahora, bajando, tuerce harto y durante dos brillares, tres, ¡viene hacia mí! Está, no lejos de donde yo, parado sobre el pasto húmedo, olvidando la luna, recuerdo la última vez que vi, no una, sino muchas lucecitas vivas volantes, una nube de ellas, a la que nos acercamos, tuvimos aquí, delante nuestro, ahora al costado, contra la pared de ramas y lianas y hojas y troncos en el reborde del lecho no tan hondo del río Ch'utakagua, y que fuimos dejando atrás, al final de una tarde de verano, contigo, Laura, sentada en la parrilla de mi bicicleta, subiendo desde Santiaguilla a Sauceesquina, hacen veinticuatro años. Esa noche te gustaron los curucusís o ninaninas, mientras yo pedaleaba, sudaba, yendo a Tiquipaya, a dejarte con tu madre. Esta luz de hoy noche titila, sube volando ahora detrás de la copa del palto frutado debajo del cual estoy. Con la cara hacia su camino aéreo, sé que la voy a ver por entre el follaje bajo, porque su luz es clara y cercana. Hace rato que los animales que aquí en el patio hacen ruido de noche, caminando, chillan, se persiguen, no se hacen sentir. Dónde andará ya, volará la luciérnaga que se me apareció hoy noche.

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