Quilquiña
"Esa se llama dama de noche, la quilquiña es esa otra, más pequeña", me dice mi casera, apartándome del arbusto con muchos botones todavía no abiertos y señalando otra planta de hojas color cemento y tallos color morado. Y me regala dos ramitos con muchas hojitas alargadas, que de una en una yaparé a mis ensaladas.
La casera está muy resfriada; por eso no fue a vender a la feria que hay dos veces por semana en el barrio de la Florida, entre Paucarpata e Illataco. Por eso, fui hasta su casa, unas cuadras adentro, en Zanjapampa, a por granos y harinas. Me regaló muchos limones maduros, sacando de su casa una escalera de aluminio para que, pinchándome, los arranque de la parte media de la copa.
Debería haber recordado el color de las hojas de la quilquiña, parecido al de las hojas del eucalipto y de la ruda.
Tampoco recuerdo el color del cilantro... Pero ya tendré algo de eso en mano y lo sabré, pronto. También quiero comprar un manojo de manzanilla. Y romero. Muña. Cosechar verdolaga para ensalada.
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