En la villa Belén-Tokyo
El señor que atiende la bicicletería de la villa Belén-Tokyo, sin molestarse en revisar la caja de mi bici — de la que le dije que no logro que la cadena suba del plato medio al grande de la catalina — me dice que para arreglarla debo comprar no sé qué repuestos. Me río por dentro y lo descarto como mecánico de mi bicicleta.
Él tiene expuesta una máquina de costurar de zapatero, de la que cuelga amarrado un balón de fulbito. Le entrego mi bolsa de compras de mercado, que tiene un costado abierto, y la costura bien.
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