domingo, 24 de mayo de 2026

Pan comprado al paso

El niño de dos años me dice con los brazos y con los ojos que su mamá, la panadera, no está adentro sinó que dio la vuelta a la esquina, que fue a otro lugar, que no tiene caso que él la llame, como se lo pedí. De inicio, me estaba haciendo caso, alzándose de su asiento de piedra donde la pantalla con voces de dibujos animados lo tenía quieto. Se había parado y dejando el teléfono-televisor sobre la piedra, daba pasos hacia la puerta abierta de su casa, pero le dije que lleve consigo su aparato, y volvió y lo alzó, y entonces se detuvo y, siempre sin palabras, con gestos, me indicó que no había para qué ir a buscar a su panadera, que iba a tardar.

No compré pan a la ida, sinó recién a la vuelta. La señora (la mamá de la guagua, que ahora rezongaba ante ella, me contó que debido a que le negó no sé qué cosa) vende unos panes que hoy son algo más ligeros y un poco más caros que la vez pasada. Me dice en queja que la harina volvió a subir de precio. Su amasado es algo más salado de lo común, lo que lo hace a uno comer menos por vez, y se desgrana en migajas no pequeñas. Lo guardo muchos días sin que pierda consistencia ni cambie de sabor. Solo tenía pan blanco; en otras, sabe tener un pan moreno a medias y otro, chamillo, moreno del todo. Hace unos buñuelos que, cuando los tengo en la mano, y gotean la miel de caña con que los baño, me hacen caminar a pie, no sobre la bici, para irlos comiendo con pausa. Pero hoy no se los pido; por un motivo que no sé, no me apetecen. Será que ya desayuné.

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