Quillacolleña amable
Voy inflando la cámara que contiene mi rueda delantera. Apegada al bordillo hay una vendedora de fruta. Dos carros estacionados separan del tráfico la acera sobre la que tengo, volcada, a mi bici. De la casa a cuya cortina metálica me adjunto, sale una señora algo mayor que yo, y, diciendo al taxista que se vaya, acaso no ve que estacionó por donde va a salir otro auto, lo despacha. Su arenga no es amarga.
Ahora se ocupa de mí. Bromea con suavidad sobre que yo he abierto un taller de reparación de bicis delante de su casa. A la frutera le dice que si su carretilla necesita atención, ahí estoy yo. Tocándome leve el hombro, me dice que puedo quedarme, no hay apuro, todavía no va a usar el paso de salida de su garaje. Cambiamos otras trivialidades. La frutera, que antes rió, ahora sonríe.
De cuclillas, acabo de inflar. Me felicito de haber dado con un punto donde el ruido del tráfico es amortiguado por la fila de carros aparcados, y cuya pared de retiro no tiene eco, una acera en la que para los constantes peatones hay aun espacio al lado de mi bicicleta, por el que de costado se escurren. Veo que la acera amplia y despejada de la esquina cercana, que era mi lugar mecánico alternativo, es del todo expuesta a la inclemencia tráfica, habría estado llena de ruido.
Acomodadas las cosas de arreglar bici, cargo a los hombros la mochila. Desde su puerta, la señora vecina se despide amable.
La ocasión mecánica fue rápida: una fuga de aire debida a rotura de la delgada manguera de goma que envuelve el huso de la válvula.
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